Las cifras asustan. El 33% de los niños españoles tiene problemas de
peso. Este informe profundiza en las razones, sociales y médicas, del
fenómeno. Pero también se encarga de dar voz a los niños, las víctimas
de un complejo proceso. A Fernando le sobran 20 kilos, pero cuenta
cómo asalta de noche la nevera. Paula (“pienso en mi cuerpo casi todo
el día”) habla de la discriminación que sufre en su pandilla... Las
soluciones son difíciles, si se examina la otra cara de la moneda:
100.000 españoles sufren anorexia.
Media España está
gorda: el 52% de los adultos sufre sobrepeso u obesidad. Si las
personas mayores no consiguen controlar su propio cuerpo, imagínese lo
difícil que le resultará a los niños, por no hablar de los
adolescentes. Según Basilio Moreno, presidente de la Sociedad Española
para el Estudio de la Obesidad y jefe de Endocrinología del Hospital
Gregorio Marañón de Madrid, el 33% de los menores tiene problemas de
peso (en igual proporción ellos y ellas hasta la adolescencia, periodo
en el que hay más niñas que sufren el trastorno).
En Europa ya hay regiones donde uno de cada tres niños sufre por culpa
de la báscula, aunque la media está en uno de cada seis. Las causas de
este superávit graso hay que buscarlas, en un 70%, en factores
ambientales (sedentarismo, malos hábitos de alimentación, aumento de
la cantidad de comida que se ingiere...), y en un 30% en factores
genéticos y hormonales.
Aunque especialistas como Jesús Argente, jefe de Endocrinología
Pediátrica del Hospital Infantil Niño Jesús de Madrid, piensan que “el
componente genético es responsable en un porcentaje ínfimo de las
obesidades. Cuando los padres tienen recursos, dan a los hijos la
atención debida y se preocupan por su alimentación, las posibilidades
de que sufran sobrepeso son bajas”. Éste no ha sido el caso de
Fernando, Paula, Antonio e Isabel: acompañarlos en un día de su vida
es comprobar cómo la dulce infancia se hace insoportable cuando se
vive en eterna lucha contra los kilos de más.
8.00 h. :Suena el despertador… y ya tienen hambre
“Por la noche es fácil asaltar la nevera porque mi madre está
durmiendo y no suele enterarse”, cuenta Fernando, un chico tímido de
12 años que está controlando su alimentación (con poco éxito por su
parte) desde hace cuatro meses. Según el médico, Fernando tiene que
adelgazar 20 kilos; su madre se conformaría con que perdiese la mitad
si comiera con menos ansiedad y controlase su relación con la comida.
Fernando usa desde los nueve años ropa de hombre arreglada: no le
sirven las tallas de niños. “La obesidad infantil es un problema tanto
de calidad como de cantidad”, comenta Basilio Moreno. “Hace años que
los niños españoles comen bocadillos más grandes y que los
restaurantes ofrecen raciones demasiado copiosas”. Efectivamente, el
sobrepeso y la obesidad no surgen de la noche a la mañana. Hay
personas que tienen más tendencia a coger kilos; pero al final todos
engordan porque sus mayores no ejercen suficiente control: “Solemos
ver este fenómeno a partir de los cinco años de edad. En ese momento,
empiezan a comer en el colegio, a tener vida social, a usar
ordenadores... Están más expuestos a la sociedad. Además, cuando
llegan al colegio los padres dejan de estar tan pendientes”, cuenta el
doctor Argente.
El control de los adultos es fundamental a la hora de prevenir la
obesidad infantil, pero no hay que quedarse quieto hasta que los niños
lleguen al cole. “A los bebés no hay que darles el pecho totalmente a
demanda; desde el principio debemos enseñarles a alimentarse bien.
Cuando un recién nacido llora hay que preguntarse por qué lo hace.
Muchas madres intentan calmarlo, exclusivamente, dándole el pecho. Eso
contribuye a que, el día de mañana, ante un malestar, ese niño hecho
adolescente o adulto reaccione echando mano de la comida para
tranquilizarse”, explica el doctor Gonzalo Morandé, jefe de
Psiquiatría del Hospital Infantil Niño Jesús. Aunque, por otro lado,
tampoco hay que pasarse y restringirles la comida hasta dejarles con
hambre; sobre todo, si estamos hablando de bebés. “Yo lo intenté con
mi segundo hijo cuando cumplió un año, pues la primera es muy gordita
y no quería que éste sufriera el mismo problema”, explica Laura, madre
de niño obeso, “pero los pediatras me advirtieron que sería
contraproducente”.
Los primeros años son cruciales, está demostrado que un niño que sigue
estrictamente sus visitas al pediatra tiene menos riesgo de sufrir
obesidad. “Hay que prestar especial atención en la edad en que
empiezan a tener acceso a la nevera, o cuando les permitimos manejar
un dinero que ellos emplearán en chucherías. Quizás les estamos dando
demasiada autonomía, o concediéndosela desde muy jóvenes”, explica
Morandé. Y tampoco hay que bajar la guardia durante la adolescencia;
sobre todo con las chicas que, durante esta edad, tienen más problemas
de sobrepeso debido a sus hormonas y al menor número de horas que
dedican al ejercicio físico.
Según la Asociación Europea de Estudios de la Obesidad, los factores
de riesgo son: predisposición genética, sobrepeso de la madre antes de
la concepción, diabetes de la madre durante el embarazo, alimentación
artificial del bebé, sobrepeso de los padres durante la niñez de su
hijo, una dieta con alto contenido en grasas y productos azucarados y
el sedentarismo.
8.30 h. : La hora del desayuno ... sin dulces por favor
“Para un niño gordito, desayunar un biscote con queso blanco y jamón
cocido es una catástrofe; a ellos les gusta tomar algo dulce por la
mañana”, cuenta María, la madre de Antonio, un chico de 13 años con
cara de bueno que, en un año, ha conseguido perder ?5 kilos gracias a
la medicina naturista, y al que aún le falta deshacerse de algunos
más. Su hijo ahora desayuna cereales o incluso galletas integrales
(algo que no hace el 16% de la población infantil, que sale de casa
sin haber tomado nada).
Antonio, que no puede ocultar su felicidad por haber triunfado contra
sus kilos de más, es hijo único y ha contado con la ayuda de su madre
y de sus dos abuelas, aliadas todas en la lucha antigrasa. “Antes de
recurrir a la medicina tradicional china habíamos pasado por tres
endocrinos especializados en niños. Todos le hicieron lo mismo: un
análisis de sangre y darle una triste fotocopia con un régimen de
1.500 calorías lleno de comidas pensadas para adultos. Hacerle comer
lo que venía en ese papel (acelgas, caldos de verdura, huevos
cocidos…) me convirtió en la mala de su vida”, dice su madre. “Cuando
conocimos al doctor Rodrigáñez, el médico naturista que le ha hecho
adelgazar, le diseñaron un plan de alimentación a largo plazo que le
enseñaba, sobre todo, lo que podía comer, y cómo compensar
desequilibrios si algún día se pasaba merendando en el burguer con los
amigos o tomando un bollo, porque a estos niños con tendencia a
engordar hay que darles algún premio de vez en cuando por el gran
sacrificio que hacen desde que se levantan hasta que se van a dormir”.
El homenaje que se permite Antonio es una onza de chocolate muy de vez
en cuando.
Y va por buen camino: un estudio publicado en la revista Pediatrics
revela que los chavales de nueve a 14 años que hacen dieta estricta
engordan más que aquellos que, simplemente, se esfuerzan por controlar
su alimentación y hábitos de vida. “Como axioma, no recomendamos una
dieta a un niño, por el hecho de ser una persona que está en
crecimiento. Sólo regulamos su alimentación”, comenta Argente. La
clave está en que no engorde y siga creciendo (cada centímetro de
altura que coge un crío es como si perdiera un kilo).
9.00 h.: Camino del cole… aguantando el tipo
“Zampabollos, gordito relleno, mofletudo, ballena, tonel, pavarotti,
porky, saco de grasa, fondón, bola de sebo, gordinflón”... Éste es el
tipo de lindezas que oyen estos niños sobre su persona. “Se pasa muy
mal, yo no quiero ir al colegio porque mis compañeros se ríen de mí.
Sobre todo, los típicos guapillos que, como son los más populares,
hacen que todos los demás se metan conmigo”, explica Paula, de 13
años, que tiene en su haber un triste palmarés: haber sido siempre la
más rellenita de su clase.
Paula está muy gordita (el médico le recomienda perder 15 kilos) pero,
como es alta, puede meterse en unos ajustadísimos pantalones de Zara
(eso sí, de la talla más grande que haya y reconoce que no siempre lo
consigue…). Hasta hace unos meses llevaba más o menos bien sus kilos
de más (sólo se acordaba de ellos en clase, quizás por eso le va mal
en los estudios); hoy por hoy ha empezado a quedar los fines de semana
con una pandilla y los michelines parece que le pesan aún más.
“Últimamente el físico se ha convertido en lo más importante, pienso
en mi cuerpo casi todo el día. Cuando era más pequeña, a veces me
olvidaba; pero ahora salgo con mis amigas y los chicos les hacen caso
a todas menos a mí”.
Algo que corrobora Isabel, una chica de 12 años y medio que acaba de
vencer su problema sometiéndose a control de alimentación apoyado por
un tratamiento estético. Viéndola feliz y con buen tipo, luciendo una
sonrisa de oreja a oreja, es imposible reconocer a la chica de las
caderas y el trasero enormes de antes: “Comparaba mis piernas con las
de mis amigas y veía que yo no me podía poner faldas cortas, y que los
pantalones me marcaban mucho el culo y las piernas. Me sentía fatal,
no paraba de llorar. En clase notaba que los chicos hacían más caso a
mis amigas delgadas. En cuanto he conseguido adelgazar, eso ha
cambiado, y también mi carácter. Ahora soy feliz”.
Y se nota. Quienes la conocían antes pensaban que era una chica tímida
y acomplejada, que siempre iba encogida y con la cabeza baja. Ahora,
Isabel te mira a los ojos, no deja de lucir sonrisa y va tan derecha
como cualquier niña de su edad. “Vivir como un obeso les hace más
susceptibles a la crítica. Cuando llegan a adultos, estos niños, que
siempre han sido discriminados por su condición de gordos, sienten que
la sociedad tiene una deuda con ellos”, explica Morandé.
13.00 h. : En el comedor escolar… el reino de la bollería
“Tuve que dejar el comedor del colegio porque todo lo que me daban
engordaba muchísimo. Cuando decidí adelgazar empecé a ir a comer a
casa de mis abuelas”, dice Antonio. Y no es el único que piensa así.
Un estudio que el Ministerio de Trabajo ha hecho este año confirma que
más del 20% de los comedores escolares no aporta suficientes verduras
y pescado.
“Contamos las calorías de las comidas que ponen en el menú escolar y
era una barbaridad. Había semanas enteras que no tenían de postre ni
fruta ni yogur, sólo galletas con mermelada o pastelitos”, confirma
María, su madre. El 62% de los colegios españoles presenta alguna
deficiencia en sus comidas y no se trata de la calidad de los
alimentos que sirven, sino de la forma de cocinarlos y de la cantidad,
muy superior a la recomendada, pues los encargados del comedor tienen
miedo a que los alumnos se queden con hambre y se quejen a sus padres.
“Quizás les demos demasiados dulces, pero es que no saben comer otra
cosa”, comenta la responsable del comedor de un colegio del centro de
Madrid. “Cuando toca fruta protestan y se la dejan porque no están
acostumbrados a tomarla, y eso es responsabilidad de los padres.
Además, los menús son aprobados por el Consejo Escolar del centro, eso
quiere decir que los padres están de acuerdo con lo que damos a sus
hijos”.
Pero un comedor escolar no ha de servir, solamente, para alimentar.
Según los protocolos de la mayoría de los colegios, la función de sus
comedores también es enseñar a comer más sano. “En esta edad, es más
importante lo que viene de fuera que lo que les decimos sus madres,
por eso es tan importante que en el colegio les enseñen a comer bien”,
reivindica María.
Y hablar, hablan, pero quizás no lo hacen especialistas, sino
profesores guiados por su buena intención y, muchas veces, equivocados
: “A los 10 años adelgacé bastante porque me apunté al equipo de
baloncesto. Los profesores me paraban por los pasillos, me miraban con
cara muy seria, de arriba abajo, y me echaban la charla sobre lo
peligroso que es hacer tonterías con la comida”, cuenta Paula, a quien
le hubiese venido bien oír de sus mayores alguna felicitación por
haber bajado parte del peso que le sobraba.
Y es que, aunque las consecuencias de la obesidad en la salud son
graves, quedan enterradas bajo la montaña de terror que originan los
trastornos de alimentación (anorexia y bulimia). “Sólo hemos
encontrado una cierta relación entre niña con sobrepeso y adolescente
con anorexia, y niña obesa y adolescente bulímica”, explica Morandé.
Pero nuestra sociedad está aterrada por los ?00.000 casos de anorexia
del país y da menos importancia a los más de 20 millones de casos de
sobrepeso que sufrimos.
“La mayoría de las madres que traen a sus hijas a hacerse un
tratamiento de celulitis están obsesionadas por el miedo a la
anorexia. Por eso intentan negar a sus propias hijas el problema de
sobrepeso que tiene la niña”, dice Felicidad Carrera, directora de un
centro estético especializado en celulitis y obesidad. “Las madres
suelen decir que no quieren que sus hijas adelgacen, sino que les
quitemos la celulitis o la flacidez (en niñas obesas estos problemas
se presentan incluso a los 12 años). Pero ellas no son tontas y muchas
veces me piden que hable con sus madres para que las convenza de que
están gorditas y las ayuden a adelgazar”.
Unas madres que, a pesar de observar los kilos de más que rodean las
piernas y la tripa de sus retoños, no dejan de vigilarlos cuando van
al baño por miedo a que estén vomitando a escondidas, o que se
preocupan porque sus hijos no quieran comer paella y prefieran tomar
filete a la plancha con verdura. “Yo he conseguido perder los kilos
que me sobraban porque mi madre me apoyó mucho. Ella no me recordaba
que estaba gordísima, pero era consciente del problema. Sé que las
madres de mis amigas no las hubiesen apoyado por el miedo que tienen a
la anorexia y a la bulimia”, confirma Isabel.
17.00 h. :Vuelta a casa… a practicar el “sillón-ball”
La Asociación Europea para el Estudio de la Obesidad afirma que “los
niños tienen peligro de ganar exceso de peso si uno de sus padres lo
sufre”. Laura es madre y administrativa, siempre ha tenido problemas
con la báscula y lleva fatal que su hija adolescente esté pasando por
lo mismo que ella: “Es muy difícil intentar enseñarla a comer bien
cuando a mí me sobran 20 kilos. No me siento con autoridad suficiente
para reñirla cuando devora y creo que, a veces, toma lo que no debe
para fastidiarme, porque sabe que me duele profundamente ver que está
siguiendo el mismo camino que yo”.
Hasta los niños se dan cuenta de que sus padres les están fallando.
“Mi madre siempre ha sido gordita; si ella sabe lo que es pasar por
esto, me podría haber obligado a no comer chucherías, a controlarme
más; aunque me hubiese enfadado. Creo que mis padres deberían haber
sido más estrictos conmigo”, afirma Paula, que se arrepiente de haber
pasado su infancia engullendo regalices, gominolas... Pero los padres
no siempre están. Isopublic, una consultora suiza, ha calculado que,
en un día laborable, el 42% de los padres europeos dedica de cuatro a
seis horas a estar con sus hijos. No es el caso español.
Y así los tenemos, solos en casa (o acompañados por personas que no
tienen la responsabilidad de educarlos), con libre acceso a la nevera
y la posibilidad de elegir entre hacer los deberes o ver la
televisión. Las dos cosas se hacen sentados, pero la televisión es muy
peligrosa porque aumenta las posibilidades de picotear y expone al
niño a los anuncios de comidas con bajo contenido nutricional (el 50%
de la publicidad es de productos alimenticios).
Los niños españoles, junto a los ingleses, son los que más horas pasan
ante la televisión (tres y media al día). Si luego juegan otra horita
con la videoconsola, el resultado es una tarde tras otra sin moverse.
“Desde que empecé a engordar, a los ocho años, me cuesta mucho
concentrarme y no saco bien los cursos (estoy repitiendo quinto de
primaria). Cuando llego a casa, para no pensar en mis problemas, pongo
la tele o me entretengo comiendo algo”, nos cuenta Fernando. Y es que
los kilos de más descargan todo su peso en las calificaciones
infantiles. Además, provocan un círculo vicioso: cuanto más gordos son
los niños, menos amigos tienen; y cuantos menos amigos, menos salen y
menos posibilidades tienen de estudiar en grupo, con lo que engordan
más, por culpa del sedentarismo.
19.00 h. :De marcha en la edad del pavo
Después de los siete años, una de las prioridades del niño es entrar
en unos vaqueros (si son de marca, mejor), algo que no pueden hacer
estos chavales gorditos (bueno, Antonio e Isabel ya lo han conseguido,
y sin colocarse camisetas anchotas encima para disimular el trasero).
“Antes no me ponía nunca jeans porque me apretaban y necesitaba usar
pantalones con gomas. Comprarlos era un rollo; como necesitaba mucha
talla de cintura, siempre me quedaban larguísimos. Ir a probarme ropa
era horrible”.
Con los vaqueros, Antonio ya se siente integrado y puede salir al
burguer los fines de semana (principal entretenimiento de ocio de los
niños españoles de ?2 a ?6 años, según el último estudio de hábitos de
los españoles). Pero, aunque se haya calzado sus pantalones, Antonio
no es como los demás: si se pasa un día, al siguiente tiene que
compensar; y meter esto en la cabeza de un niño de 13 años es una
labor muy dura. “Lo más difícil es conseguir que coma diferente a sus
amigos. Cuando me cuenta, con pena, la cantidad de bollos que toman
sus compañeros, siempre le recuerdo que esos productos, a la larga, no
son buenos para nadie, ni gordos ni delgados”, explica su madre. Y,
aunque no lo sean, el consumo de golosinas se ha multiplicado por
cinco en los últimos 20 años (54 kilos por persona y año). Esto ocurre
porque los preadolescentes, el grupo que más comida basura consume, no
tienen espacios para hacer deporte; así que se reúnen en parques para
charlar de sus cosas y comer porquerías o, a lo sumo, van a la
hamburguesería más cercana.
Pero tampoco hay que tirar balones fuera: las chuches influyen, pero
no lo son todo. “El gran problema a la hora de hacer adelgazar a un
adolescente está en su madres”, asegura Juan José Rodrigáñez, también
especialista en medicina tradicional china. “Hemos de enseñarlas a
cocinar y a comprar de forma sana. En España se practica una
alimentación rápida, de supervivencia. No nos damos cuenta que somos
lo que comemos; y los niños, que están en etapa de crecimiento, aún
más”. Son niños, pero no son tontos: ya saben lo que les engorda y
algunos han demostrado que, con fuerza de voluntad (algo que
desarrollan, principalmente, en la preadolescencia) pueden pasarse sin
bollos. Pero de nada les sirve privarse del apetecible donut del
recreo si, cuando llegan a casa, encuentran pizza y patatas fritas
para cenar.
22.00 h. : Soñar con un cuerpo mejor
“Es injusto. A veces me dan ataques de rabia porque todo me engorde y
me entran ganas de comprarme unos bollos”, dice Antonio, que confiesa
darse a los refrescos light en momentos de máxima tentación. “Mi sueño
favorito consiste en que un día me despierto y, ta-chán, ¡estoy
delgado! He soñado eso mil veces, dormido y despierto; pero nunca
ocurre”, cuenta Fernando, a quien sus padres están obligando a ir y
volver andando al colegio, a ver si pierde un poquito de grasa. “He
dejado las chucherías, ya sólo tomo chicles y algún regaliz. Me estoy
intentando controlar con la pasta y comer más fruta. Necesito
adelgazar y mantener el peso, aunque sólo sea hasta los 30 años”,
declara Paula, y mirándola a los ojos se sabe que ésta es una
prioridad en su vida.
¿Quién va a ayudar a estos niños a verse y a sentirse bien? Por ahora,
el Ministerio de Sanidad elabora un plan para promocionar la actividad
física con el objetivo de disminuir el número de futuros obesos.
Antonio e Isabel ya están en vías de conseguirlo; a Fernando y a Paula
les queda un largo camino por delante. Desgraciadamente, según
estudios del Programa de Obesidad Infantil de la Unión Europea, el 50%
de los niños obesos permanecerá así en la edad adulta. De los mayores
depende que ellos lo consigan.
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